miércoles, 17 de octubre de 2007

Sobre cholas, fantasmas y otras ambigüedades identitarias



Sobre cholas, fantasmas y otras ambigüedades identitarias

Huascar Rodríguez García

¿Somos indios, somos q'aras (1)? , todavía no sabemos cómo es nuestra patria y por eso Bolivia está yendo a la bancarrota.

Natividad Veramendi (culinaria y chola anarquista).

Identidades

Rara vez uno se pone a pensar que el vocablo “identidad” esta cargado de una extraña polisemia. Según definiciones clásicas tomadas de cualquier diccionario, la identidad puede ser:

a) Conjunto de rasgos o informaciones que individualizan o distinguen a alguien y confirman que es realmente quien dice que es.
b) Igualdad o alto grado de parecido.
c) Una cualidad del “ser para sí”, sólo válida para las personas y los grupos. Dicha cualidad involucra el entorno, la historia y la voluntad. No es una característica dada sino que es un potencial a desarrollar referido a modos de existencia.
d) La conciencia de ser de uno mismo.

Los sinónimos típicos que se plantean para la palabra “identidad” son: afinidad, unidad, igualdad, equivalencia, semejanza, analogía, coincidencia, sinonimia, exactitud, similitud, personalidad, filiación, identificación.

Es decir que, de forma general, la identidad es al mismo tiempo aquello que es igual −o parecido− y aquello que es diferente o único. ¿Cómo entender esta contradicción? Ciertamente las acepciones de la palabra “identidad” dependen, desde luego, del uso y del contexto: es muy clara la distinción cuando se habla de la identidad que está en el “carnet de identidad” o DNI, y cuando se habla de una “identidad cultural, grupal o colectiva”. Entonces tenemos que lo particular o lo único atribuido por la sociedad pero también otorgado por la naturaleza a cada uno (un número, un rostro, una manera de ser, actuar y pensar) tiene como principal consecuencia o función en el caso de lo atribuido por el Estado la diferenciación. Conque se trata de eso: la diferencia.

Entonces surge una problemática: cada uno es único, pero al mismo tiempo todos somos formados socialmente en moldes parecidos normas, reglas, leyes, etcétera, hecho que ocasiona muchas veces una crisis de identidad, porque, según nos recuerda Nuria Pérez, en nuestro fuero interno a veces sentimos efectivamente que somos nadie. ¿Cómo saber quien es uno? ¿Acaso uno de los problemas más difíciles, ya señalado por los padres de la filosofía occidental, no era el “conócete a ti mismo”? No obstante esto no es todo, pues por si fuera poco, la sociedad, y más particularmente las instituciones educativas, se empeñan, como bien indica Pérez, en atribuirnos una identidad exacta y bien definida por los cánones de la normalidad. O sea que nuestro “ser único” es modelado, educación mediante, según un estricto estándar “igualador” con el fin de crear “ciudadanos correctos”: los ciudadanos deben ser normales y parecidos los unos a los otros, porque, de hecho “todos los ciudadanos son iguales ante la ley”.

Ahora bien, frente a la identidad que el Estado y sus agentes policíacos y educativos inculcan a cada cual, surgen otras identidades ya sea mediante sub o contraculturas −punks, straigth edge, hippies, emos, chicanos, vegans, rastas, okupas, raperos, metaleros, skaters, skinheads, riot grrrls, freaks, (la lista puede extenderse casi hasta el infinito)−, o a través de la pertenencia o autoadscripción a un determinado grupo étnico o religioso, a una tendencia política, a un tipo de práctica sexual, a un equipo deportivo, etcétera. Sin embargo lo interesante es constatar que dentro de cada una de estas tendencias, subculturas, etcétera, nunca existe unanimidad, ni uniformidad: cualquier identidad es irreductible porque siempre resulta siendo múltiple y ambigua. De ahí que, siguiendo a Stuart Hall, la identidad puede entenderse como una representación estructurada y construida por “el otro” antes que por uno mismo, porque, ya se dijo antes, ni siquiera cada uno sabe bien lo que es o quién es. Se me ocurre pensar, por ejemplo, en el fascinante fenómeno del mestizaje o “cholaje” en Bolivia: la mezcla biológica −pero sobretodo cultural−, de lo indio con lo cristiano-medieval-moderno-europeo, ha dado como resultado grandes masas mestizas portadoras de una identidad particularmente ambivalente. Más allá de la vestimenta −que en el caso de la chola es el distintivo principal de su “ser” cholo− y del color de piel, está el no saber bien que o quien uno es: rasgo distintivo de la “identidad” chola (2).

La identidad posmoderna de los espectros anónimos

Finalmente, y por otra parte, también cabe señalar que actualmente la identidad puede tener su contraparte y complemento en el anonimato. En la sociedad de masas y de consumo, según sugiere Guillaume, uno puede ser algo parecido a un fantasma o a un espectro anónimo: la selva urbana es un escenario en el que una muchedumbre de desconocidos administra códigos e intercambia mercancías y dinero frenéticamente sin que nadie se “vea” en realidad. Pero además, la tecnología permite hoy establecer comunicaciones “espectrales”: la presencia física ya no es necesaria para comunicarse con alguien desde hace mucho tiempo. Tal característica permite que una multiplicidad de sujetos estén conectados sin que necesariamente deban presentar una identificación o una identidad, y esto, seguimos con Guillaume, podría ser en cierta medida algo “emancipador”: personas que apenas existen para el otro, pueden volverse confidentes o incluso cómplices.

También está la afirmación de que quizá el anonimato, o sea la no identidad, haga surgir un nuevo tipo de identidad. Justamente ahí entraría el otro uso del término “espectral”: la luz que se descompone en muchos colores. Por tanto, el ser espectral de Guillaume es alguien de varias caras: alguien que se presenta de una manera en el mundo social o profesional, y de otra parte adopta formas totalmente diferentes en la intimidad o en quien sabe qué oscuros mundos. Así, Guillaume ve un nuevo tipo de socialidad a partir de la dispersión de la identidad desde la década de los 60, lo cual hace que cada vez más las personas construyan múltiples facetas de si mismas. En una palabra la alteridad estaría ahora en el sujeto.

Ante las alucinaciones reales de Guillaume, Baudrillard se muestra algo escéptico y subrepticiamente pesimista, pues para él cuanto más liberado se está del cuerpo, de la identidad, del nombre, es probable que se caiga más rápidamente en una sobrecodificación espantosa o enajenante.

A modo de corolario y parafraseando a Baudrillard: si yo aparento ser otro, el otro también no es más que una apariencia. Entonces ¿qué y quienes somos pues?

1 Q’ara en aymara significa: pelado, sin vegetación, infértil. En una acepción más común sirve para designar peyorativamente a los no-indios, sean éstos mestizos pero sobretodo criollos; en este sentido q’ara quiere decir autoritario, descolorido, sin espíritu, aprovechador y/o mentiroso; cualidades atribuidas a los blancos y su herencia colonial.

(2) Elizabeth Peredo ha investigado esto desde la psicología social en un libro llamado Recoveras de los andes. Una aproximación a la identidad de la chola del mercado. Allí, concluye que la identidad chola está marcada por la contradicción entre el orgullo y la vergüenza, entre un querer transformarse y un querer continuar portando la vestimenta que la caracteriza. De este modo, la ambivalencia originaria de la identidad mestiza se transmite de generación en generación hasta hoy: el mestizo siempre fue muy “blanco” entre los indios y muy “indio” entre los blancos, lo que ha provocado que históricamente sea despreciado y visto con desconfianza, más aún en el caso de las mujeres. Esta problemática es, desde luego, mucho más compleja, y además tiende a cambiar desde hace tiempo por ser Bolivia un país típicamente indo-mestizo en proceso de transformación.

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